Manual del Fuego Doméstico

Aprendizaje culinario entre el calor del fogón y la calma del método. Un registro honesto de recetas, errores y descubrimientos.

Sous-vide es separar temperatura de textura.

En la cocina tradicional, usamos la temperatura alta para hacerlo todo: cocinar, dorar, secar y castigar. Tomamos un trozo de carne para exponerlo a una sartén caliente: ¿qué tan caliente?

Puede llegar a temperaturas tan altas como lo permite el punto de humo del aceite que usemos. Aceite de aguacate o de maní tan altas como 160°C. Ocurre un choque térmico impresionante cuando una carne con suerte a temperatura ambiente, sino es que helada toca esa superficie.

Ahí lo que sucede es un fenómeno brutal y poco elegante: la superficie de la carne se sobrecalienta casi instantáneamente mientras el interior permanece frío. Se crea un gradiente térmico enorme, violento. La cocina tradicional vive de ese desequilibrio.

La energía entra demasiado rápido. Las proteínas externas se contraen de golpe, expulsan agua, se secan. El dorado aparece —sí—, pero como un efecto colateral de una agresión térmica, no como una decisión consciente. El interior, mientras tanto, va llegando tarde a la fiesta: primero frío, luego tibio, luego tal vez en el punto correcto… o tal vez no.

Aquí es donde el tiempo deja de ser una herramienta fina y se convierte en un riesgo. Un minuto más y el exterior se pasa. Un minuto menos y el centro queda crudo. Cocinar se vuelve una carrera contra el gradiente.

En ese contexto, la textura no se diseña: se negocia. Y casi siempre se pierde algo en el trato.

El sous-vide rompe exactamente con esa lógica. No empieza por el dorado, ni por el choque térmico, ni por el dramatismo del fuego. Empieza por una pregunta mucho más precisa y mucho más honesta: ¿A qué temperatura quiero que esté este alimento cuando esté listo?

No “qué tan caliente puedo poner la sartén”, sino “qué estado final quiero lograr”.

Cuando cocinamos sous-vide, retiramos el fuego directo de la ecuación y lo reemplazamos por un entorno térmico estable. El agua no quema, no castiga, no sorprende. Acompaña. Lleva al alimento, lentamente, hacia un estado térmico definido y lo mantiene ahí. Sin picos. Sin sustos.

La temperatura deja de ser un arma y se convierte en un destino.

Y es ahí donde ocurre la separación fundamental: la cocción deja de ser sinónimo de dorado. La textura se construye primero, con precisión quirúrgica, y el color —si lo queremos— se añade después, de forma breve, consciente y controlada.

En sous-vide no se cocina “hasta que se vea bien”. Se cocina hasta que esté exactamente como debe estar.

El problema no es que la cocina tradicional sea “incorrecta”. Es que nos acostumbró a aceptar el daño colateral como parte del proceso.

Aprendimos a dorar sacrificando jugos, a cocinar sacrificando textura, a llegar “al punto” pasando inevitablemente por el exceso. Lo normalizamos. Lo romantizamos. Le pusimos fuego, ruido y épica.

El sous-vide no promete espectáculo. Promete algo más incómodo: control. Y cuando el control aparece, una pregunta queda flotando en el aire:

¿Cuántas de las cosas que damos por inevitables en la cocina… en realidad son decisiones que nunca cuestionamos?

La próxima vez no hablaremos de temperatura. Hablaremos de carne. Y de lo que realmente está hecha.

Fondo de res, el abecedario de la cocina

Si la cocina tiene un idioma propio, el fondo de res es su abecedario. No es una receta: es una estructura. Un líquido que sostiene todo lo que viene después. En la clase entendí —con esa claridad que solo da ver el proceso en vivo— que un buen fondo es menos “hervir huesos” y más “construir orden”.

Un fondo limpio empieza antes del agua: comienza en el dorado. Ese punto exacto donde la carne y los huesos pasan de crudos a caramelizados, donde la reacción de Maillard no solo oscurece, sino que organiza el sabor. No es quemar, no es dorar por dorar. Es desarrollar una capa aromática que luego se libera en el líquido como si hubiese estado siempre ahí, esperando.

El Mirepoix: proporción, corte y función

El mirepoix es la base aromática clásica para fondos y salsas en la cocina occidental. Su función es aportar dulzor, frescura vegetal y complejidad sin dominar el resultado final. Opera como una estructura silenciosa que sostiene el perfil del fondo sin imponerse.

La proporción estándar es 2:1:1:

  • 2 partes de cebolla
  • 1 parte de zanahoria
  • 1 parte de apio

Esta relación permite un equilibrio preciso entre dulzor (zanahoria), notas herbales (apio) y volumen aromático (cebolla).

El corte debe ser uniforme y relativamente grande. No se busca un tamaño pequeño ni un brunoise; se busca consistencia. Piezas demasiado pequeñas se desintegran y enturbian; piezas demasiado grandes liberan poco aroma. El punto correcto permite una extracción gradual durante horas de cocción.

Técnicamente, el mirepoix no se dora. Se suda: fuego medio-bajo, mínima grasa y suficiente tiempo para que los vegetales liberen humedad y aroma sin caramelizar. El objetivo no es crear notas tostadas, sino aportar un fondo aromático limpio que complemente el dorado previo de los huesos y la carne. Dorarlo altera el perfil del fondo, lo vuelve más oscuro y menos neutro.

El mirepoix debe entrar al líquido cuando los aromas ya están abiertos pero antes de que los vegetales pierdan estructura. Durante la cocción larga, su función es transferir gradualmente sabor; no permanece como ingrediente visible ni debe determinar el carácter final del fondo.

El resultado correcto es un fondo estable, equilibrado y con un soporte vegetal preciso, construido a partir de un mirepoix ejecutado con control en proporciones, temperatura y corte.

Cuando entra el agua, ya no se trata de hervir: se trata de no estorbar. El calor debe ser firme, pero controlado; el hervor agresivo es enemigo directo de la claridad.

Proporciones estándar para un Fondo de Res

La fórmula base de un fondo claro o fondo oscuro de res se organiza en relación peso de hueso : agua : mirepoix : aromáticos.

1. Huesos

La base es siempre 1 parte de hueso.

  • Para un uso estándar en escuela o restaurante: 1 kg de hueso (con algo de carne adherida para mayor sabor).

Los huesos pueden ser: falda, pierna, costilla, espinazo, fémur partido (para extraer colágeno).

2. Agua

La proporción profesional es:

Agua = 2 a 3 partes por cada 1 parte de hueso

En práctica:

  • Por 1 kg de hueso → 2.5 a 3 litros de agua fría.

Menos agua produce un fondo muy concentrado pero menos limpio. Más agua diluye y reduce extracción.

Regla óptima para cocina diaria: 1 kg hueso : 2.5 L agua


3. Mirepoix

La fórmula clásica es:

Mirepoix = 10% del peso del hueso

Si tienes 1 kg de huesos → 100 g de mirepoix total.

Distribuido así:

  • Cebolla 50 g (50%)
  • Zanahoria 25 g (25%)
  • Apio 25 g (25%)

Esas proporciones equivalen al estándar 2:1:1.

Nota: en fondos oscuros, el mirepoix puede ir tostado o sudado más tiempo, pero no quemado.


4. Aromáticos (“Bouquet Garni”)

Se añaden en aproximadamente:

1–2% del peso del líquido

Pero en práctica profesional:

  • 1 hoja de laurel
  • 6–8 granos de pimienta negra
  • 1 ramita de tomillo
  • 1–2 dientes de ajo (opcional)
  • Puerro (parte verde) opcional

Aromáticos muy fuertes (clavo, romero, orégano) no se usan en fondos clásicos porque “contaminan” el sabor base.


Variación en la Academia Culinaria Hondureña: uso de pasta de tomate para fondo oscuro

En clase trabajamos una variación del fondo tradicional incorporando pasta de tomate después del dorado de los huesos. Esta técnica se utiliza para fondos oscuros y cumple dos funciones principales: intensificar el color y profundizar el perfil aromático.

La pasta de tomate se añade directamente sobre los huesos sellados y se cocina a fuego medio hasta que adquiera un tono más oscuro. Este proceso no busca quemarla, sino tostarla ligeramente para desarrollar azúcares y aportar un matiz más redondo al fondo. El resultado es un color ámbar profundo y una base con mayor complejidad y notas ligeramente caramelizadas.

Es importante controlar el calor: si la pasta se quema, aporta amargor. Si se queda cruda, el fondo mantiene un sabor más plano y un color más pálido. El punto correcto es cuando la pasta pierde el brillo inicial, toma un tono más rojizo-oscuro y se integra al dorado previo de los huesos.

Esta variación permite construir un fondo oscuro más robusto, ideal para salsas como la de vino tinto, demiglace o reducciones intensas que necesitan estructura y color sin recurrir a espesantes artificiales.

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🌟 Introducción

Segunda clase… y vaya cambio de ritmo. Pasamos del mundo de los fondos a la técnica pura del salteado y el corte. El protagonista fue el ribeye, una carne jugosa y llena de sabor, que nos permitió entender los tiempos de cocción y el control del calor. El acompañante —un puré de papas al vapor— nos enseñó que, a veces, un pequeño cambio de método transforma por completo el resultado. (Sí, las cocimos al vapor.)


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📸 Academia Culinaria Hondureña – Clase de Fondo Claro.


🪶 Introducción

En esta primera clase trabajamos dos pilares de la cocina clásica: el fondo blanco y la fritura de pollo.

Ambos parecen simples, pero exigen orden, temperatura y respeto por el detalle.


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